
Volvamos al mismo viejo tema, el dolor como método de aprendizaje. Desde luego, eso no suena nada bien...
Pero resulta que una vez más vuelve a mi cabeza todo el dolor, todas las lágrimas derramadas, toda frustración, angustia, impotencia, rabia... Todos aquellos momentos "feos" que tiene la vida, por los que he pasado, (teniendo presente, claro está, que aún me quedan muchos más por pasar), los que tanto daño me hicieron, pero sobretodo, los que tanto me enseñaron.
Cuando miro atrás, me parece que fue hace siglos, cuando un día si y otro también, sentía dentro de mí aquella sensación que me ahogaba, no me dejaba respirar, tan sólo podía llorar sin encontrar consuelo alguno.
Me estremezco al pensar en lo que pasó, en lo que pasé, en lo que sentía en ese momento. En el miedo a no poder recuperarme. Me agobiaba no poder salir de esa situación, no supe darme tiempo, quise que pasara rápido y solo conseguía ahogarme más y más.
Ya no sólo me dañaba la situación en si, sino que el tratar de salir sin tomarme el tiempo de aprender, de comprender lo que pasaba y por qué pasaba, me fue perjudicando cada vez más, ya no me ahogaba únicamente por la ansiedad, me ahogaba por querer dejarla atrás demasiado pronto, y al no encontrar la solución al instante me fui hundiendo, me fui dejando. Sólo quería huir...
"El dolor nos da la oportunidad de cambiar, de crecer. Es natural querer huir, desentenderse, protegerse de alguna manera de él, cuando lo que deberíamos hacer es aprender, entenderlo como una oportunidad de aprendizaje. El dolor tiene mucho que enseñarnos."
Pero la paradoja surge en esa enseñanza, en el momento en que la aprendemos. No nos damos cuenta de ello hasta que no hemos tocado fondo y no nos queda otra que subir o cavar, en vida, nuestra propia tumba. Y una vez que nos damos cuenta, (una vez más aparece la importancia del "darse cuenta"), podemos respirar hondo, tranquilizarnos y encontrar la salida, dejando atrás miedos y temores.
Aunque esto no quiere decir que la próxima vez que lleguen esos momentos "feos", dolorosos, sea como un camino de rosas, para nada, seguirá siendo tan duro como la primera vez, sólo que esta vez nosotros llevaremos las riendas de la situación, sabremos lo que hay que hacer y no dejaremos que el miedo y el dolor nos conduzcan por sus derroteros. Sabremos darnos tiempo...
Si antes recalcaba de nuevo la importancia del darse cuenta, cuanto mas importante es el saber darse tiempo, sobre todo en los tiempos que corren, donde el ritmo frenético de nuestras vidas nos aleja de nosotros mismos, nos deja en un segundo plano, porque siempre tenemos algo que hacer que nos impide, o no nos deja, relajarnos y pensar en nosotros, puesto que lo consideramos una absurda pérdida de tiempo, ese tiempo que tanto parece que escasea.
Pero nada más lejos de la realidad. Nosotros llevamos las riendas de nuestras vidas, al fin y al cabo, son nuestras, nuestro tiempo es nuestro. Qué nos impide tomarnos el tiempo necesario para centrarnos un solo instante en ser mejores personas, en crecer, en comprendernos... en definitiva, tomar tiempo para nosotros, darnos tiempo...
No hay nada. Hay que saber fraccionar bien el tiempo. Y si la situación es más complicada y debemos tomarnos más tiempo del necesario y dejar ciertas cosas de lado se hace. Cada cosa tiene su momento, tenemos tiempo para todo, ni más ni menos que una vida entera para nosotros solos, mucho tiempo.
Tras darnos ese tiempo para hacernos cargo de la situación, comprender que no debemos huir porque el dolor forma parte de nuestro crecimiento personal, solo queda manejarlo de la mejor forma posible, si hay que llorar se llora, pero sin perder de vista nuestro objetivo, sacar tajada del dolor, aprender, crecer...
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